Columna
Una historia // África mía
Por Administrador el 06/12/2015 22:53
De la mano de Nicolás Cortes
No hubo desborde más electrizante, al menos para mis ojos. Dos piernas en una. Una derecha con filo, zancada corta y fugaz. Pedazo de potrero entre fibras negras. Por Nicolás Cortes

Jugaba la reserva del club, y con la numero siete en sus espaldas, un niño delgado, con el cabello recién despertado,  no paraba de gambetear. Se lisiaba al compañero y hasta al banderín del corner. Una mezcla de brasileño, argentino, africano.
    

Los elogios se acumulaban en fila, repitiendo su apodo. No podía ser de otra manera, por estas tierras. Se llame como se llame,  había que inventarle un nombre artístico. En esos momentos el jugador de moda, era Roger Milla. Un nueve que vestía de casaca verde y puso al continente mas castigado en la orbita del mundo futbolero. Por lo tanto, Camerún, estaba como los grandes, en boca de todos. Y no solo porque hizo el mejor Mundial de toda su historia en Italia 90´. También porque así le decían a este hijo de la desfachatez y el atrevimiento.
    

Canilleras afueras, medias a medias. Muy pícaro, reo, audaz. Mano a mano con el lateral izquierdo, dos contactos con derecha y auto pase largo para su pierna fuerte. Freno repentino con pelota. Espera al marcador, dos caricias con derecha, auto pase, desborde y o centro. Toda la tarde. Todo el partido. Todos los días.  Adjuntado de caños, de sombreros. Rabonas. Tacos. Malabares con la tibia. En la botella no presumía tanto, pero tenía un jugo de uvas, ¡Que vino! De exportación.
    

De tanto ruido, el niño promesa se había hecho música, hombre y realidad. De ser Camerún, a ser tapa de diarios con nombre y apellido. Roberto Martínez, se llamaba el wing derecho, con tintes de enganche y pizcas de goleador. Solía almorzar con “La Marta”, en los pasillos del club. Verlo comer, era verlo jugar. Todavía recuerdo su rostro cuando en sus labios impactaba el tomate de algún guiso. Quise suponer que de adulto conoció algunos placeres de la vida. Quizás el futbol le permitió, como a muchos, repetir esas delicias, las veces que se le plazca. Esas cosas que parecen naturales para cualquier ser humano, hasta que conoce otras verdades.
    

Gol de Central Norte. Pared del wing, con Edmundo Aylán, mano a mano con el arquero y pase a la red con impacto por abajo, al primer palo. El ídolo del club, con casaca en mano estalla de emoción y se sube al alambrado como ansiando el paraíso. Camerún. Camerún. Camerún. El pueblo azabache repetía el nombre de un país golpeado, sufrido, vulnerado. Quizás Roberto Martínez era ese sitio.
      

Pasó el tiempo, entre malas campañas, entre desgarros y lesiones crónicas, la bandera africana que supo deslumbrar por Barrio Norte, se hizo mástil. Y mártir. Había dejado barro y huellas por cada sector de ataque derecho. Seguramente el estadio Luis Guemes habrá de extrañarlo. Porque si hubo una imagen del club, de sus colores, de sus amagues y de su vida, fue la de el. El talento que pintaba para fenómeno pero con la mochila pesada de su niñez. Aun así, inolvidable.
    

Andará  por allí, con su pantalón tres tiras azul, a velocidad de moto, zigzagueando las ingratitudes de la vida. Por donde quieras que estés, Roberto Martínez, en mi memoria azabache, serás por siempre, Camerún y África mía.




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