Columna
Una historia // La calle Apaza
Por Administrador el 21/03/2016 11:52
La Calle Apaza por Nicolás Cortes





Lo hubiera llamado calle. Le llamarían calle. Tenía la sensación que la sabia a todas. Infinitas picardías en un frasco grueso y pequeño. Una mezcla de origen gitana, turca, árabe y mucha bohemia. Pero mucha. Un tipo extrovertido, de una personalidad intensa. Como sus anécdotas. Como sus cachetadas. Sus piñas. Sus pellizcos.     

Es que al hombre le apasionaba tanto el futbol y por ende, las promesas de futbolistas que para demostrar su afecto, usaba ese tipo de caricias. Un tipo que con bolsillos rotos, se las ingeniaba para sacar un yogur, un bollo o unas mandarinas y buscarte a las siete de la mañana, para ir a jugar a algún torneo relámpago por allí.
    

Cada vez que lo veía sentía que en sus venas corría la sangre con formas de balones. Él tenía la convicción de que pronto vendría el próximo genio del futbol. Era nuestro ojeador, el caza talentos, como los Madonni o Griffa. Lo buscaba en “Los Caras Sucias” de Castañares, “Los Cuervitos” de Central Norte, todo el tiempo mirando potreros, niños prodigios. El siempre supo que antes que nada y que alguien, éramos futbol.  
    

Lo que nunca supe era el material que estaban hechas sus chancletas. Inmortales. Tampoco pude saber donde conseguía las camisas verdes tipo militar hechas en símil acero. Jamás supe descubrir de donde salió tanta necesidad de dejarlo por todo por un juego. Seguramente que no cualquier juego. Quizás el mejor invento realizado por el hombre en su existencia.  
    

Si les dijese Ramón Apaza podría haber varios homónimos, como su hijo, el mayor de seis, de zurda intacta. Si les dijera Ramón Enrique “Ramonera” Apaza, sabrán amantes futboleros de quien escribo. El revoltoso de Villa Primavera. El nieto de Carmen, “La Chilena”. El compañero de vida de Silvia. A decir verdad, su salvaciòn. Porque si habrà tenido paciencia y sapiencia Silvia Paz, ademas de su inmenso amor, para tanto monstruo. Lo recuerdo desde los cinco años, detrás de mí, soñando que seriamos junto a su hijo “Chacha”, los sucesores de Maradona. Como si vería en nuestros ojos, ese fuego voraz. Eso que tienen los diferentes. Quizás el fuego nunca existió o por ahí, lo extinguieron extraños.
    

El hombre, si no estaba con el futbol, estaba dentro de èl. Habrá numerado miles de camisetas. Junto a “Caburé” Lopez, a “Cepillo” Juarez, a “Poroto” Cardenes. Si por calle Alvarado, era más conocido que Los Chalchaleros. En su taller de impresión, tenia el perfume de los vestuarios. Solo faltaba tierra con pasto, que uno pasaba por esa vereda y se olía a estadio. Como el “Cara i Mula”, como “Yuyo” Montes, el “Negro” Alvarez, “Miro” Barraza, el ¨Ciego¨ Costello o Daniel Toro. Lo visitaban los ilustres de Salta. Artistas, deportistas, profesionales, locos. Muchos locos. Como el “Loco” Videla. Les tenía debilidad. Siempre los sedujo esas personas que desbordaban con pierna cambiada.
 

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Jugaba de nueve, en el club Rivadavia. Este club se fusiona y se funda San Martín. Era bueno. Pícaro, diestro, le pegaba muy bien a la pelota. Pero siempre le gusto Central Norte. Nunca pudo ir. A nosotros nos siguió mucho.- Mi padre me hablaba de èl, como diciéndome que era un atorrante de mil vidas. Y que a esto, jugaba en serio.
    

Pasó conmigo la niñez, la adolescencia. Hubo muchos trofeos y asados. Muchos idas y vueltas, también desacuerdos, discusiones por excesos de peso y disgustos por subcampeonatos. Discordias por profesar la religión  del ventajismo y la viveza. Pero aun,sigue mi memoria recordando su sonrisa a carcajadas cada vez que hacìamos un caño, un sombrero, o la dejábamos pasar entre las piernas para que venga el de atrás. Sentía placer por la belleza del juego. Y en esa teoría, levantaré su bandera más allá de sus pecados.
    

Yo lo sigo viendo subido a un Peugeot 504 marrón, como si hubiese sucedido ayer. Caminando corto y rápido, por los pasillos del Club Atlético Central Norte. Mordiendo su dedo índice antes de impactar en mí pecho. Lo sigo viendo apasionado y desvivido por sus hijos. Añorando con Fausto. Por ver sus nietos con algo redondo bajo sus pies. Aun, lo observo, a pesar de haber sido golpeado bajo, por el Sr. Parkinson, resistiendo como todo hombre de agallas. Porque si a Ramonera le sobraba algo, era audacia. Si derrochaba algo, era atrevimiento.
      

A pesar de golpes, de sus canas, de sus pausas, “Ramonera” aun sigue siendo ese personaje de barrio, que ama el futbol como pocos, con la vincha de Villa Primavera en la frente, que sigue al Cuervo a toda honra, amigo de sus amigos, gran lector y decidor, coleccionista de libros, diarios, revistas como El Gráfico, admirador del boxeo y la música, gran degustador de pescados y que se hizo millonario de vivencias haciendo del pan, miga por miga, calle por calle. 
Por Nicolás Cortes
CALLEAPAZA
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