Columna
Una Historia » "Poncho Negro"
Por Administrador el 04/09/2016 21:00
Nueva nota de Nico Cortes
Un poncho negro, de adobe. Quizás por el cuello, tal vez por las mangas, destellos de algodón. Peso considerable, más aun en los días de lluvia. Allí, donde pesaban las piernas, la pelota, la vida. Es que siempre hubo en este barrio, impregnado en los poros de cada piel, ese atributo de sudar por sudar, en cualquier circunstancia. Sin dejar de lado los medios, fue un sello del club, apretar los dientes, cerrar los puños, exprimir ese poncho que desde siempre nos vistió.  

Si habremos visto personajes a lo largo de su notable historia, que habían perdido su total hidratación por representar fielmente al Club Atlético Central Norte. Vuelan imágenes de épocas doradas y también más recientes. Andan por allí, todavía, lagunas de transpiración de Encinas, Sueldo, “El Loco” Confesor,   

“El Negro” Audamas, “Anchi” Fontana, “Pipilo” Gutiérrez,  Enzo Gorniak, Luis Macchi por decir al paso unos cuantos.
Serian lunes y martes, que “La Marta”, colgaba las telas ya jabonadas con el cariño de madre para la próxima batalla. Estaban allí, de nuevo, más negras que blancas, con retazos de barro, y muchas veces de sangre. Es que esta gente, nunca supo de tibiezas. Es que este club, si hay algo que nunca tuvo, fue grises. Es por eso que muchas veces los partidos no terminaban, o ni siquiera empezaban. Una cuestión de amores y odios, propios y ajenos. Y en el campo, una cuestión de honor. Muchas veces pasados de revolución, otras tantas de pasión. Una cuestión inevitable, era vestir sus telas, mirarse uno a uno, los mismos colores, el mismo amor y salir por ese bendito túnel, sin frenesí, sin argumentos de razón, con los excesos de emociones al límite, para con esta familia.  

Sin embargo, a pesar de haber presenciado numerosos acontecimientos en el club. De ser partícipe de muchas vivencias con numerosos personajes cuervos, llevando con honra su vestimenta, hubo un hecho que había marcado a fuego mi memoria. En el colegio me habían enseñado  el significado de pertenecer. Pero nunca lo había experimentado con mis sentidos. Hasta que un día, un señor de estatura baja, de una velocidad de wing, con la seriedad de los viejos sabios apareció enfrente de mi vista.
 

Vestía de atleta. Sino era conjunto negro, era un azul oscuro. Toalla sobre el hombro. Cabellera clásica, con raya y corte caballero. Mirada desafiante, con brisas de aparente enojo, con los labios pronunciados, mucho más el inferior como buscando pelea sin palabras. Seriedad al extremo. Bolso mediano de mano, suficientes  como para llevar todo lo necesario para cuidar la salud de cada jugador. Es que el “Viejo” Mendez, los quería como a sus hijos. A su manera. Sino era el Kinesiólogo, era el masajista, y sino el médico. De esos tipos que nacieron para estar allí. Detrás de escena, con la voz en off, en el umbral de las luces, pero imprescindibles como el dulce de leche.
Le apasionaba tanto lo suyo que si no había nadie para masajear, él iba calentando con masajes a la camilla. O con las patas, con lo que sea.

Una vez subido cada jugador, empezaba con el aceite verde hasta sacarle brillo al motor y ponerlo a punto. Si te veía un gesto de dolor, metía manos en el bolso e inmediatamente te sacaba la jeringa y la aguja ya lista para el pinchazo. En caso de desgarro, batido de claras, azufre, y un poco de magia. Y que decir en su casa, tejida de azabache, de fotos, de recuerdos, de mil historias, cebadas de mates y curaciones.

Pero hubo un día que yo conocí el rostro del cariño por una entidad. Partido definitorio. Tensión como todo  partido de Central. Multitud de esperanzas. Fin del juego con el peor de los desenlaces. El primer equipo del club, perdiendo la categoría. El silencio apropiado del lugar. En una esquina, sin saber de su sitio, lejos de la utilería, entre las duchas y los bolsos había allí, un hombre enamorado, desgarrado del dolor de saber que se marchaba de su hogar, con la tristeza para siempre.
Tenía en sus manos un poncho. Estaba humedecida de puro llanto.

Arrodillado, miraba las paredes sabiendo que no había marcha atrás, al decidir su retiro. Había dejado hasta su último suspiro por el club. Habían pasado piques fugaces, tardes de sol y lluvia, viajes dulces y amargos, y muchas caricias a cuantos músculos de futbolistas. Tan solo pidió una sola cosa, como todo tipo noble. Llevarse un poncho negro, para poder decir que,  alguna vez,  el “Viejo” Mendez, como las glorias de la casa, sudó  de azabache.

Por Nicolás Cortes
Fotografía: Archivo el Tribuno
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